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APLAUSOS : URDIALES Y GALLARDO, TARDE DE TOROS

URDIALES Y GALLARDO, TARDE DE TOROS


Aplausos
URDIALES Y GALLARDO, TARDE DE TOROS
ELuego en la plaza no acabó de haber suerte. O esa fue la sensación imperante porque suerte sí hubo, hubo gente, mucha gente en la plaza, desde luego como no es capaz de concentrar otro espectáculo más allá del fútbol; hubo pasión, polémica, cualidades inherentes al toreo de las mejores épocas; hubo revelaciones como la de Pablo Aguado, posicionamientos heroicos como el de Fortes, apoteosis como la de Diego Ventura, un tipo que cabalga a lomos de la rebeldía, la ambición y la creatividad -¡buena cuadra!- y acabó demostrando, otro, que quien apuesta gana. La tercera fue la bomba. TARDE DE TOROS, con mayúsculas, de las que no se olvidan. Gallardo y Urdiales, Urdiales y Gallardo, pónganle el orden que quieran, se consagraron en la capital. El riojano cuajó lo que se adivinaba que podía cuajar. Los pasajes hermosos que había firmado otros días, la torería, las pinceladas, esta vez las amalgamó en dos excelentes faenas, la segunda especialmente rotunda, maciza, bonita y también honda. Qué maravilla. De triunfo rotundo. Inspirado en las entradas y salidas y en los remates, profundo en el toreo fundamental, cogiéndolo adelante y rematándolo detrás de la cadera. Todo ligado, muy ligado. Naturalmente Madrid se le entregó como no se le había entregado nunca. El ganadero de Fuente Ymbro, por su parte, envió un lote de imponente presentación. Uno desclasado, el quinto, garbanzo negro, otro con tomate, encastado y agrio, de esos con los que jugársela tiene premio, el segundo, uno desafortunado, cuando apuntaba a toro importante se partió una pata, el sexto, un primero bravo y codicioso que aun en los terrenos de dentro sacó casta y nobleza, cada recorrido valía La Habana, el tercero fue toro de gloria, de los que marcan una temporada, lo tuvo todo, prontitud, recorrido, nobleza y clase ¡vaya manera de meter la cara! y un cuarto, cuajado, serio, alto, que se olvidó de tan impresionantes hechuras para embestir por abajo con templanza y recorrido, y poniéndole en comparativa con su hermano anterior cabría la discusión de cuál fue mejor. Recordando la novillada que lidió la semana anterior, Ricardo Gallardo, que se reponía en la clínica de una tremenda “cornada”, se erigió en el otro gran triunfador de la feria. No lo pudo ver pero puede estar muy orgulloso. Por todo eso, Urdiales y Gallardo, Gallardo y Urdiales, y no me olvido de las agallas de Chacón, firmaron una memorable TARDE DE TOROS. Y hubo también decepciones. Esa es posibilidad frecuente, diría que un estado de amenaza inherente al toreo al que es difícil, en ocasiones imposible, darle un quiebro. Ese es uno de los grandes hándicaps del toreo, que haciéndolo todo bien nada garantiza nada. Suele suceder en los casos de más urgencia y compromiso. Es el que nos ocupa. Pedazo de corrida de Adolfo, seria y bien criada, pedazo de leyenda de bravura y casta detrás, enfrente otro tipo cargado de amor propio, uno de los mejores toreros de los últimos tiempos, en estos momentos en modo contestatario, Talavante, dispuesto a todo, o qué si no demostraba aquel paseo de la boca del burladero a la boca de chiqueros donde se clavó de rodillas para comenzar el duelo… pues nada de eso amarró el gran triunfo que parecía inevitable, ni siquiera evitó esa sensación de decepción a la que me refiero, ni lo que es más grave, impidió que un sector de público silbase al hombre que se había echado encima voluntariamente el peso de la feria, el mismo que había dado el paso adelante para hacer realidad lo que era un sueño de muchos de esos silbadores, sortear las corridas de igual a igual con todos los compañeros, el que aceptó anunciarse con una corrida que nadie de los de su estatus apetece o que abrió plaza sin mayores remilgos… Nada de eso pareció valer ¡A tomar viento el sentido de reconocimiento! Y lo malo no es que le silbasen, ningún torero en ninguna época ha estado exento de esa posibilidad, ni se le puede coartar a nadie esa libertad, lo malo es que en las circunstancias de la tarde, el bombo, la corrida de Adolfo de por medio, su misma presencia en Otoño cuando ninguno de sus colegas asumen ese compromiso, aquellos pitos eran una invitación a que nadie quiera seguirle los pasos y a estas alturas sonrían irónicos repantigados en la comodidad. Es evidente que la suerte total no existe.
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