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TOREO DE SALÓN

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TOREO DE SALÓN

l periodista gallego Francisco Cerecedo publicó en 1977 como libro una colección de textos de gran fama en su momento, que se han convertido en todo un clásico de la literatura política. El título era Figuras de la fiesta nacional, y contenía en una serie de perfiles biográficos de políticos de la transición y del franquismo, retratados como si fueran o hubieran sido toreros. Era un juego, evidentemente, pero a todos les encontró similitudes y acercamientos simbólicos al toreo. No era un libro de toros, sino de política, pero quizá sin pretenderlo, y todavía más visto desde la perspectiva de hoy en día, Cerecedo encontró con humor e ironía, a veces de manera amable y otras todo lo contrario, el hilo que históricamente ha unido la Fiesta con la política; es decir, con la vida. De hecho, también escribió artículos políticos como si fueran crónicas taurinas. Desconozco si le gustaban o no los toros; de lo que no hay duda es de que supo ver en la entraña del toreo su relación con la sociedad y con la cultura españolas. No fue el primero en hacerlo, pero sí fue uno de los mejores. No tengo la más mínima duda de que si Francisco Cerecedo no hubiera fallecido en septiembre de ese mismo año 77 durante un viaje de trabajo a Bogotá, acompañando a Felipe González, también ahora sabría sacar punta a los políticos de nuestros días y escribir con mano maestra retratos de los líderes actuales, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando por socialistas, populares, nacionalistas, liberales, populistas e independentistas. Lo haría, sin duda, pero lo tendría más difícil, sobre todo en caso de que quisiera sacarles rasgos positivos y amables, siempre sin dejar de lado la sátira y el humor. La clase política española –toda sin excepción– que nos ha tocado padecer, tiene muy poco de risa, con sus ineptitudes repartidas a diestro y siniestro: desde las posibles pesadillas que se convierten en abrazos risueños, a las irresponsables actitudes secesionistas que no sabemos adónde nos van a llevar, pasando por las negativas cerriles a cualquier apoyo E(recordemos el titular de La Razón del 8 de noviembre: “No facilitaré un gobierno de Sánchez en ningún caso”) que se convierten en invitaciones al acuerdo cuando comprenden que se ha pactado con otros. Nadie –y nadie es nadie– mira por los intereses comunes de España y de los españoles, y todos –y todos son todos– miran única y exclusivamente por sus intereses partidistas. Con lo criticadas que fueron (y luego vilipendiadas) aquellas “figuras de la fiesta nacional” que retrató Cerecedo, quién nos iba a decir que las íbamos a echar de menos por su altura de miras y sus grandes renuncias en el deseo de lograr la coexistencia y de avanzar en la búsqueda del bien común. A estas alturas desconocemos en qué va a quedar el famoso tercer punto del no menos famoso acuerdo entre Sánchez e Iglesias. Pero de algo debemos estar seguros: intentarlo lo van a intentar. De poco importa que tengamos la tradición, la razón y la ley de nuestro lado, porque la tradición se tergiversa, la razón se olvida y la ley se modifica. Y esta actitud moral tan cambiante (decir una cosa donde antes se dijo la contraria) es quizá lo que hubiese creado problemas a Cerecedo en sus nuevos perfiles de políticos; o quizá hubiera sido todo lo contrario, porque es ahí, precisamente ahí, donde se ocultan sus flaquezas, comportamientos y personalidades. Lo que está claro que ni el más inspirado escritor conseguiría encontrar en la actualidad similitudes entre las actitudes públicas de los hombres (y mujeres) que se visten de luces, y las posturas también públicas (recalquemos que son posturas públicas, que nada tiene que ver con sus posturas privadas, que desconozco por completo) de los políticos y políticas que viven cómodamente en los diferentes parlamentos, en el nacional y en los autonómicos. Y no me refiero ya a lo más evidente, el hecho de jugarse la vida en el desarrollo de la profesión (los políticos por fortuna ya no), sino más bien a la manera de encarar esa profesión. O por decirlo de otra manera: en el respeto al rito, a la liturgia, a su historia y a lo que supone ser y sentirse toreros. Cuánta honradez y sinceridad tendrían que aprender los políticos de los toreros, incluso en las tardes malas, que también las hay. Pero no se trata sólo del hecho de jugarse la vida delante del toro, sino que también se juegan el prestigio y hasta el futuro, algo que, con la clamorosa excepción de Rivera, después de un no menos clamoroso ridículo electoral, nunca sucede con los políticos actuales, de ahí que permanecen amarrados contra viento y marea a sus sillones, a sus puertas giratorias y a sus proyectos, sin exponer nunca ni un solo “alamar”. Y para que no me digan que hago demagogia con el peligro y con las cornadas, de las que no se libra nadie que se viste de torero, podemos comparar la política con el inocuo toreo de salón. Incluso en esos lances al viento que dan los toreros, en ese entrenamiento sin el más mínimo riesgo, en esa manera de afrontar la más pura esencia de la tauromaquia, hay grandes diferencias. ¿Dónde está entre los políticos actuales esa necesidad que sienten los toreros que torean de salón de hacerlo siempre bien, sin mentirse a sí mismos, con seriedad y pureza, conscientes como son de que torear mal de salón implica torear mal al toro? ¿Y dónde esa voluntad de buscar la excelencia, se consiga o no, por el solo deseo de sentirse bien, sin engaños ni mentiras, sin dobleces ni trampas? ¿Y dónde ese respeto sublime a las normas del juego y a los utensilios que las hacen posibles, porque es en unas y en otros donde se encuentra la esencia del toreo? ¿Y dónde el respeto absoluto al adversario, sea el toro imaginado o sea un compañero supuesto? ¿Y dónde la exaltación del contrincante, el deseo absoluto de que el toro real, al que nunca se le menosprecia, salga también triunfador de la corrida? ¿Y dónde, por último, el respeto a uno mismo y al público? Que nadie piense que no me gusta la política, porque me encanta, lo que no me gusta es cómo se han comportado todos los políticos –y todos quiere decir todos– desde las elecciones del 28 de abril a las celebradas el pasado día 10 de noviembre. Y lo que queda, naturalmente. Seguir leyendo

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